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lunes, 5 de abril de 2010

LA EDAD MEDIA

El concepto de Edad Media

Se ha tardado en definir la Edad Media como concepto y período histórico; aún hoy se discute sobre sus límites cronológicos e, inclusive, espaciales. Con excepción de las referencias más o menos claras que figuran en los escritos de algunos humanistas de los siglos xv y xvi, no fue hasta comienzos de la siguiente centuria cuando se definió la Edad Media como la etapa histórica que discurría entre la Antigüedad clásica y el Renacimiento del siglo xv. La vulgarización del concepto de Edad Media se debería a la obra de un profesor de historia, Cristóbal Keller o Cellarius, quien, en 1688, publicó el primer manual de historia medieval con el título de Historia Medii Aevi, a temporibus Constantini ad Constantinopolim a Turcis captam deducta.

No obstante, ni la acuñación del término ni la fijación precisa del ámbito cronológico de la Edad Media significaron en absoluto que se hubiese despertado un interés especial por este período histórico. Por el contrario, persistieron los prejuicios tradicionales acuñados por los hombres del Renacimiento, para quienes la Edad Media había sido un período oscuro y bárbaro durante el cual la cultura antigua se había degradado hasta casi desaparecer. Para los intelectuales de la época, la Edad Media seguía siendo la «enorme catástrofe» de que hablara Coulton. La Ilustración añadió nuevos tintes negros al concebir la Edad Media en su conjunto como una sucesión de siglos de intolerancia religiosa, fanatismo y tiranía papal.

El cambio en la valoración del periodo medieval se produjo a fines del siglo XVIII y durante el primer tercio del siglo xix, debido, por un lado, al despertar de los nacionalismos europeos y, por otro, al triunfo de las ideas del Romanticismo. Tras las guerras napoleónicas, cada pueblo trató de reafirmar sus características, descubriendo, no sin cierta sorpresa, que había sido durante la Edad Media cuando las naciones europeas habían comenzado a formarse. Liberados de prejuicios culturales o religiosos, los historiadores europeos comenzaron a ver la Edad Media con ojos muy diferentes. El éxito de esta revisión del pasado, hecha en los principales países europeos a partir de la edición sistemática de fuentes históricas -los Monumenta Germaniae Historica, cuyo primer volumen apareció en 1826, siguen siendo aún el mejor exponente en este campo- y de la fijación exacta de los acontecimientos, a tono con el «positivismo histórico» dominante, se explica por el apoyo decisivo de los gobiernos y por el triunfo de la estética romántica. Desde entonces, el medievalismo constituye una ciencia a se y una de las especialidades más sólidamente asentadas dentro del campo de la investigación histórica.

No obstante, todavía predomina, tanto en el lenguaje de la calle como en el de los políticos y los periodistas, una cierta valoración negativa de la Edad Media, a la que resulta muy difícil oponerse. Como ha recordado con cierta gracia Regine Pernaud, son todavía muchos los que identifican la Edad Media con una época en la que los señores feudales se «pasaban todo el tiempo haciendo la guerra y entraban con sus caballos en las tierras de los campesinos aplastándolo todo», dominada por «asesinatos, torturas, escenas de violencia, de hambre, de epidemias...».

Los límites espaciales de la Edad Media

La historia medieval, como concepto y como ciencia, ha sido obra de europeos. Por ello no tiene nada de extraño que, desde sus inicios como ciencia, el objeto de estudio de los historiadores se centrase en Europa, entendida como el ámbito donde se desarrolló una determinada civilización. Los restantes mundos «periféricos» interesaban en la medida en que habían entrado en contacto con el mundo europeo o, de modo aún más exclusivo, mediterráneo. Todavía hoy vivimos de esta herencia, de este «eurocentrismo» que puede parecer injusto y hasta narcisista. Sin embargo, no todo es provincianismo científico o desprecio por lo no-europeo. Para los medievalistas actuales, se trata de un falso problema, ya que Europa durante la Edad Media constituye de por sí un mundo homogéneo, un área cultural que se identifica en gran medida con la entonces llamada «Cristiandad». La historia de este mundo, dotado de unos perfiles geográficos e históricos singulares, tiene plena coherencia en sí misma. Y de ahí que en ella sólo tengan cabida, además de los específicamente occidental y eslavo, los mundos bizantino e islámico, geográficamente próximos y vinculados, además, a una misma tradición cultural. En razón de estas consideraciones, se ha prescindido en este manual de las referencias a la historia, milenaria y culturalmente compleja, de la India, China o Japón.

Los limites cronológicos de la Edad Media

Dando por supuesto que la Historia es continua y que todas las divisiones que efectuemos en ella son puros convencionalismos adoptados por los historiadores, cada época histórica -y éste es el caso también de la Edad Media- plantea el problema de sus límites cronológicos e, inclusive, el de su periodización interna. El libro de Keller ya respondía al primero de los problemas, enmarcando la época medieval entre la fundación de Constantinopla (330) y su conquista por los turcos (1453). Había un claro paralelismo entre ambas fechas, la de la fundación de Bizancio y la de la ruina del Imperio bizantino, y ello explica el éxito de su propuesta, por lo menos en lo que hace a la fecha terminal del período. Para el comienzo de la Edad Media se han manejado otros acontecimientos, otras fechas clave, tales como el Edicto de Milán (313), la invasión germánica de 406 o el final del Imperio romano de Occidente (476). Y lo mismo puede decirse de la fecha final: descubrimiento de América, inicio de la Reforma protestante y, aun, la Revolución francesa (G. Barraclough).

Sea como fuere, hay que tener en cuenta que ningún acontecimiento, por importante que sea, puede representar en si mismo un cambio tan radical como para considerarlo el punto inicial o final de toda una época histórica. Por lo que hace a nuestro caso, acontecimientos como el final del Imperio romano de Occidente o las invasiones germánicas no provocaron una ruptura tan violenta con el pasado como pudiera parecer a primera vista. Y lo mismo podría decirse de las fechas propuestas para señalar la terminación de la época medieval. Por ello, las más recientes aportaciones al problema del comienzo de la Edad Media acentúan el significado, no tanto de los hechos de la historia política, como tradicionalmente se ha venido haciendo, como de los fenómenos de base, tales como la pervivencia de la romanidad, el predominio gradual de lo rural y la degradación de la vida económica en occidente, la ruptura de la unidad del Mediterráneo -anunciada con la división del Imperio y consumada tras la expansión del Islam (H. Pirenne)-, o la formulación de nuevas bases para la organización política y cultural. Por lo que se refiere al final de la época medieval, se han señalado algunos fenómenos que pudieran marcar la aparición de una nueva Época: la difusión de las ideas renacentistas, la consolidación de las monarquías autoritarias, la aparición de la imprenta, la ruptura de la unidad religiosa de Europa...

El segundo problema es de más fácil solución, aunque aquí, como en todo, las propuestas son también diferentes. Conforme se fue profundizando en el conocimiento de la Edad Media, los historiadores se dieron cuenta de que este largo período no era un todo uniforme. Por el contrario, en él se pueden distinguir grandes momentos perfectamente diferenciados. Los difícil es definirlos y enmarcarlos cronológicamente.

Hasta hace relativamente pocos años, predominó el criterio de distinguir en la Edad Media do- grandes fases -Alta y Baja Edad Media- que abarcarían, la primera, hasta el siglo xii, y la segunda, desde el siglo xiii al xv. Hoy se prefiere una división tripartita: Alta Edad Media -la «Edad Media Temprana» o «Edad Oscura» de los historiadores anglosajones-, que podría definirse como la «prehistoria de los pueblos europeos» (G. Barraclough) y que se extendería desde el siglo iv al x; la Plena Edad Media -o «Edad Media Clásica», «Edad Media Central» o «Período Feudal» (C. van de Kieft)-, que discurriría hasta el siglo xiii y que sería, según Barraclough, el «período de formación de las sociedades europeas»; y, finalmente, la Baja Edad Media o «Edad Media Tardía», que cubriría las siglos xiv y xv.

Esta periodización ha sido hecha pensando en la Europa occidental. Como todas las divisiones históricas, es insuficiente y parcial, por lo que, en cada caso concreto, habría que introducir las correcciones necesarias.