lunes, 5 de abril de 2010

La crisis arriana

La crisis arriana

Todos los grandes Padres de la Iglesia en Oriente y Occidente se caracterizaron por su espíritu polémico contra la disidencia religiosa. Las herejías, que San Pablo, en la Primera Epístola a los Corintios, definió como «bandos», fueron tomando cuerpo en el seno de la Iglesia a medida que ésta se iba expandiendo y, consiguientemente, trataba de establecer un cuerpo doctrinal coherente. En ciertos casos, como por ejemplo el del montanismo de mediados del siglo ii se trató de brotes de radicalismo heredados de un apocalipticismo primario. En otras ocasiones, la disidencia era producto de las dificultades surgidas a la hora de racionalizar la ubicación de la Segunda Persona en el seno de la Trinidad. Las tendencias heréticas definidas como modalistas, en especial la de Sabelio, hacia el año 200, se encuentran dentro de esta línea.

Sin embargo, durante los primeros siglos de la Era Cristiana, las diversas herejías no llegaron a crear iglesias paralelas a la oficial. Este peligro surgió con la crisis arriana del siglo iv.

Arrio, presbítero de Alejandría, volvió a plantear en toda su crudeza, hacia el 318, el tema de las relaciones Padre-Hijo. En un intento de salvaguardar la unidad de la divinidad, Arrio desvalorizó la figura del logos encarnado, marcando la superioridad ontológica del Padre. Cristo quedaba convertido, así, en una especie de intermediario, superior a los hombres, pero inferior al Padre.

La expansión de la doctrina arriana provocó un rápido desgarrón en la cristiandad del Oriente mediterráneo. Por iniciativa de Constantino y de su consejero Osio, se reunió un magno concilio en Nicea (325). Arrio fue desterrado y los padres conciliares se lanzaron por la vía de las solemnes proclamaciones doctrinales: Cristo era definido como consustancial (homousios) al Padre, fórmula ésta de procedencia erudita, no escrituraria.

Nicea no puso fin a la polémica. Por el contrario, la agudizó: en Antioquía, por ejemplo, en el 362, se podían detectar hasta cinco facciones religiosas que iban desde la ortodoxia niceana radical hasta el anhomeísmo, la tendencia más dura del arrianismo. La intervención en la polémica de los emperadores herederos de Constantino no consiguió solucionar el problema. El patriarca Atanasio de Alejandría sufrió varios destierros por parte de autoridades filoarrianas y se convirtió en el símbolo viviente de la más rígida ortodoxia.

La muerte de Valente en la batalla de Adrianópolis supuso la desaparición de un emperador que simpatizaba con la herejía. En manos de Teodosio, apuntalador del Imperio en el campo político, quedaba la solución del problema religioso. Profundamente católico, remató la decisión del edicto de Tesalónica con la celebración de un segundo gran concilio: el de Constantinopla del 381. Los principios proclamados en Nicea fueron ratificados, condenándose el arrianismo en sus distintas manifestaciones. Los bastiones heréticos de Sirmio y de Milán fueron, a su vez, desmantelados en los años siguientes gracias a la actuación de San Ambrosio.

Aunque herido de muerte dentro de las fronteras del Imperio, el arrianismo había manifestado algo de lo que anteriores herejías habían estado lejos: una extraordinaria vitalidad que lo sacó de los círculos estrictamente académicos para llevarlo a la captación de amplias capas de la sociedad. Esta vitalidad se manifestó también en otro ámbito: entre los germanos acantonados al otro lado del «limes». Ulfilas, clérigo arriano consagrado obispo en torno al 341, se convirtió en apóstol de los godos, que se encontraban por aquella fecha al noreste del Danubio. Traductor de algunos textos de la Biblia al gótico, Ulfilas instruyó a sus discípulos bárbaros en los aspectos más sencillos del arrianismo. Así, cuando los visigodos y otros pueblos rompieron, a finales del siglo iv, las defensas del Imperio, se produjo una revitalización de la herejía con los consiguientes problemas de convivencia.

Las herejías características del Occidente

El arrianismo, al igual que las grandes querellas teológicas -bien cristológicas, bien trinitarias-, tuvo su caldo de cultivo en Oriente. Esta zona, en efecto, había conocido un más temprano desarrollo de la especulación filosófica, y el nivel cultural medio de las masas de su población era sensiblemente superior al de la otra cuenca del Mediterráneo.

El Occidente, sin embargo, conoció también el desarrollo de movimientos heréticos, aunque su componente doctrinal poco tuviera que ver con el de las querellas surgidas en las provincias orientales.

Así, el donatismo, que llegó a adquirir una fuerza inusitada a lo largo de los siglos iv y v, logró crear toda una iglesia paralela a la oficial en el norte de África. Heredero de las viejas tendencias rigoristas, el donatismo defendió la idea de que los sacramentos sólo eran válidos si los administraban clérigos dignos. La defensa de una Ecclesia spiritualis frente a la corrompida Ecclesia carnalis fue un lema movilizador que captó las simpatías de ciertas capas sociales de desheredados: los circumcelliones, que habrían de poner en jaque a las autoridades romanas y a la Iglesia oficial en diversas ocasiones.

El priscilianismo, herejía típicamente hispana, sigue siendo objeto de encontradas opiniones. La ejecución de su promotor, Prisciliano, obispo de Ávila, en la ciudad de Tréveris, en el 385, por orden del usurpador Máximo, le convirtió en «la primera víctima de la actuación del brazo secular al servicio de la Iglesia». Al margen de sus controvertidos componentes doctrinales -elementos gnósticos, rigoristas, creencias ancestrales de las masas rústicas-, algo queda fuera de duda: el arraigo popular de la herejía en algunas regiones, como Galicia. Aun en el Concilio provincial de Braga del 561, se tendrán que promulgar severas disposiciones contra ciertas creencias calificadas, acertadamente o no, de priscilianistas.

Con todo, el pelagianismo sería la herejía típica del Occidente con mayor enjundia doctrinal. Pelagio, monje bretón al que su oponente, San Agustín, calificaría de vir sanctus, planteó problemas, como el del pecado original y el de la gracia, que, a lo largo del tiempo, serían objeto de amplia controversia en la teología europea. Para el heresiarca, el pecado original había sido una cuestión puramente personal, no transmisible a la humanidad y que, consiguientemente, en nada afectaba a la naturaleza de ésta. La salvación, por tanto, no debía ser tanto el resultado de la gracia como de las propias capacidades del hombre. Pelagio, así, estaba haciendo una llamada a la práctica de un moralismo ascético por parte del cristiano. De estoicismo cristianizado se ha calificado a veces esta doctrina.

Donatismo y pelagianismo habrían de tener en San Agustín a su más firme debelador.

San Agustín: de la cultura antigua a la medieval en Occidente

La trayectoria humana de San Agustín, tan bellamente expuesta en sus Confesiones, es un auténtico compendio de su época.

Entre sus experiencias religiosas, se cuenta un largo período en el maniqueísmo. Sigue un momento en que reconoce, hacia 384, que «no era maniqueo ni católico». Durante un par de años, los libros platónicos y la lectura de San Pablo le abren el camino hacia la conversión final. Será la escena del jardín de Milán, en 386, con la lectura de un pasaje de la Epístola a los romanos, lo que le lleve a la recepción del bautismo.

Como obispo de Hipona, desde 395, San Agustín lleva a cabo una ingente labor intelectual que le convierte en el primer teólogo de Occidente. La lucha contra el error doctrinal va a ser una de sus preocupaciones primordiales. De ahí, los diversos escritos en torno a los temas de la gracia, el pecado original, el libre albedrío, etc., que le enfrentan al moralismo y al voluntarismo pelegianos. De ahí, su lucha contra los donatistas, en la que no dudó en recurrir al apoyo abierto de las autoridades civiles. De ahí, la redacción del importante tratado De Trinitate, alegato contra errores como el arrianismo y exposición doctrinal del tema que se va a convertir en oficial para la teología occidental. Y de ahí, en definitiva, la redacción de un opúsculo, De haeresis, que constituye un inventario de todos los errores doctrinales surgidos hasta su época.

Para un historiador, sin embargo, la obra clave del santo de Hipona es De Civitate Dei. Se ha dicho que en ella el cristianismo no es sólo vivido, sino también pensado. Y, puede añadirse, es también una herramienta para la especulación histórica, cosa que no había sido hasta entonces.

Pese a sus múltiples irregularidades y digresiones, varias ideas aparecen nítidamente en el pensamiento historiológico agustiniano. La primera -y, sin duda, la que le llevó a la redacción de este texto-, la exculpación del cristianismo frente a quienes lo consideraban culpable de los desastres del Imperio y, en especial, del saqueo de Roma por Alarico (410). Es necesario, dice el santo, encuadrar venturas y desgracias dentro del amplio contexto del auge y el declive de toda construcción humana, y particularmente de los imperios. Hay que descubrir el verdadero sentido de la Historia no tanto en esas vicisitudes en sí, como en el enfrentamiento, desde los orígenes mismos de la humanidad, de los miembros de dos comunidades, más místicas que físicas: la Ciudad de Dios y la Ciudad de los hombres. Al cabo de seis edades -iniciadas en Adán-, la humanidad caminará hacia la séptima, el momento del «sábado y descanso perpetuo», que lo será también de la felicidad para unos y del castigo perpetuo para otros. Así, San Agustín traza una descripción de la historia del mundo moral, más que del mundo físico.

Algunos años después de terminar De Civitate Dei (el 430) San Agustín murió en su ciudad de Hipona. Las fuerzas vándalas de Genserico se disponían en ese momento a entrar en la urbe. La muerte del gran Padre de la Iglesia de Occidente cierra simbólicamente una época y da paso a otra.

Otros intelectuales del momento, desde San Ambrosio hasta los discípulos de San Agustín, tuvieron también oportunidad de reflexionar sobre el significado de unos acontecimientos -las migraciones germánicas- que se estaban desarrollando a un ritmo acelerado. Unos acontecimientos que estaban propiciando la ruina de una construcción política -el Imperio, en su parte occidental- en la que los cristianos habían conseguido unos años antes hallar por fin acomodo.

Un posible seguidor de San Agustín, el hispano Paulo Orosio, redactó, por los mismos años y en una línea similar a la del maestro, su Siete libros de historia contra los paganos. La machacona descripción de todas las desgracias que habían afligido a la humanidad en general y a Roma en particular podía considerarse como un consuelo para las miserias del presente. Un presente que Orosio considera, debido a la presencia gratifica de Cristo, mejor que los siglos confusos de la incredulidad.

Dentro de las pautas antes reseñadas -cultura antigua al servicio de la cultura cristiana, pero nunca independiente de ella-, el estudio de la historia se convertía en herramienta para la apologética.

1 comentarios:

Unknown dijo...

Si bien el Arrianismo fue una herejia y como tal fue condenada por la iglesia, hay que tener en cuenta que durante muchos siglos el arrianismo fue la religion de los pueblos de origen germanico que habían invadido europa occidental.
En la italia visigoda se mantuvo dos religiones una para romanos-latinos que era el cristianismo y otra para germanos que era el arrianismo estos mantenian cultos separados, lo mismo pasaba en Hispania salvo que en esta la transiccion entre el arrianismo que era mayoria al cistianismo fue mas sangrienta.
Hay que ver también, que el Arrianismo representaba los sectores mas pobres y el encarnacionismo (postura oficial) tiene mayor apoyo entre sectores Aristocraticos.
Esto marcara que muchos reyes godos se pasen al vando cristiano, como Clodoveo, el cual se convierte al cristianismo contando con el apoyo de la iglesia, se va a expropiar del primer reino visigodo hasta empujarlo a los Pirineos.
En cuanto a San Agustin me parece interesante marcar que antes de su conversion, mantuvo una vida llena de placeres carnales desprovisto de prejuicios, y tras un delirio en un jardin de Milan, decide volcarse a la lucha a la represion de la "carne" que será tomada a partir de la alta edad media como sinonimo de pecado original.
Para este tema recomienod si el profesor me lo permite Una Historia del Cuerpo en la Edad Media de Le Goff y N. Truong.